Cómo se originan los miedos y que podemos hacer para enfrentarlos

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El miedo es uno de los sentimientos más adversos que dominan la sociedad actual. Tanto el temor que nace de las circunstancias colectivas (desastres climatológicos, crisis económicas galopantes, guerras, aumento de la violencia y criminalidad) como los que surgen del interior nuestro (fobia, ansiedad, terror, angustia, pánico, incertidumbre). Con la creciente influencia de los medios de comunicación, se ha logrado mediatizar a las grandes mayorías mediante un incesante bombardeo con noticias salpicadas de violencia con sesgos tendenciosos para hacer parecer más terribles de lo que en realidad son.
El miedo como respuesta de lucha o huida al estrés se originó con nuestros primeros ancestros, que debieron enfrentarse a amenazas que podían poner en riesgo su existencia. Se localiza en la parte más primitiva de nuestro cerebro, la que es responsable de enviarnos señales de alerta y de protegernos del peligro, de mantenernos a salvo y con vida.

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El miedo actualmente es el resultado de teñir el hecho presente con ideas, imágenes y experiencias negativas dolorosas o frustrantes de nuestro pasado construidas sobre la base de un almacén de recuerdos personales que cada uno alberga, llamado memoria, lo que no podemos descartar es que la mayoría son interpretaciones de sucesos exagerados o imaginarios.
Los Miedos más frecuentes: miedo al éxito, a la muerte, al fracaso, al compromiso, a la intimidad, a volar, a las alturas, a las arañas a hablar en público, a la obscuridad, a la soledad, entre otros más.
Analicemos el primero: el éxito se asocia con la responsabilidad y nos lleva al compromiso, trabajo y esfuerzo; por tanto rompe con la dependencia hacia algo o alguien. En pocas palabras es temor a la acción. Esta nos enfrenta a situaciones nuevas que nos alejan de la zona de confort en la que estamos. Las creencias deformadas que tenemos sobre el futuro lo vuelven intimidante y provocan que nos quedemos estacionados y lo justificamos diciendo “más vale malo conocido que bueno por conocer”, pero recuerda, “el que no arriesga, no gana.
“Y aunque el miedo parece tener muchas causas:. pero en últimas el miedo es el miedo del ego a la muerte, a la aniquilación. Para el ego la muerte está siempre a la vuelta de la esquina. En este estado de identificación con la mente, el miedo a la muerte afecta todos los aspectos de su vida. Por ejemplo algo que aparentemente resulta “trivial” y “normal” como la necesidad compulsiva de tener razón en una discusión, y hacer ver que el otro está equivocado-defendiendo la posición mental con la que usted se ha identificado-se debe al miedo a la muerte”

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Goleman en su texto el cerebro y la inteligencia emocional revisa la anatomía del cerebro y propone: “la amígdala es el punto desencadenante de la angustia, la ira, el impulso, el miedo, etc. Cuando ese circuito toma las riendas actúa como el “jefe malo” y nos conduce a realizar acciones de las que más tarde podemos arrepentirnos. La amígdala es el radar que detecta los peligros, si detecta una amenaza, en un instante toma el mando del resto del cerebro (en especial del córtex prefrontal) y sufrimos lo que se conoce como un secuestro amigdalar, la memoria deja de funcionar con normalidad, perdemos concentración y capacidad de aprendizaje. Al activarse este sistema de alarma sufrimos la clásica respuesta de lucha, huida o paralización, significa que la amígdala ha puesto en funcionamiento el eje hipotalámico hipofisiario, suprarrenal y el cuerpo sufre una descarga de hormonas del estrés, sobretodo cortisol y adrenalina. Resulta relevante aclara que la amígdala se equivoca con frecuencia, comete errores a menudo, en especial en la vida moderna, donde los peligros son simbólicos y no amenazas físicas”(3)
Las personas mayormente susceptibles al miedo son: las que han recibido maltrato psicológico, las que han enfrentado robos, las que cursan con trastornos nerviosos, las que son excesivamente perfeccionistas, , las que no practican ejercicio físico, las que viven en ambientes tóxicos con reglas confusas, de descalificación e invisibilidad. Las que tienen pensamiento mágico y dan explicaciones ilógicas a sucesos fuera de su comprensión, las que, las que guardan mucha culpa, odio, y resentimiento. En fin aquellas personas que se dejan arrastrar instintivamente por sus emociones y todas aquellas faltas de confianza en su ser interno y en la inteligencia divina.

Cuando hacemos frente a nuestros miedos, y entrenamos nuestra mente para restarles fuerza, o bien pedimos ayuda y recurrimos a terapias basadas en la inteligencia emocional (PNL, terapia cognitiva, hipnosis entre otras) ganamos autoestima, hay una sensación de autorrealización y ya nada nos podrá detener para lograr lo que más deseamos y merecemos.
Te invito a enfrentar tus miedos:
|”.-Cierra los ojos un momento y siente el miedo. ¿En qué parte del cuerpo lo sientes? Cércalo, no permitas que recorra todo el cuerpo, te dominará, tenlo en la mira. TÚ mandas. Sintiendo el miedo has lo siguiente:
2.-Pregúntate. Cierra los ojos para contestar. ¿A que le tengo miedo?.¿Qué puedo perder? ¿Sobreviviré con esta consecuencia?, lo más seguro es que si, rara vez se pierde o se gana todo ¿Qué puedo ganar? Después de obtener las respuestas es muy importante que te preguntes, ¿cuáles son las probabilidades de ganar más?: dando un paso hacia mi meta o quedándome paralizado sin ella?
Ponle nombre. Una vez que identificamos algo por su nombre, se vuelve algo ajeno a nosotros, disminuye de tamaño y es más fácil de vencer.
Ejemplo: a lo que le tengo miedo es a sentirme insuficiente y no digno de ser amado. Por lo que llamo a mi miedo “sentirme insuficiente”. Si permito que me domine este miedo es seguro que me sentiré insuficiente por no lograr lo que deseo, ya estoy viviendo eso a que tengo miedo.
Cuando lo identifico y le pongo nombre, el miedo pierde fuerza y gano confianza en mí mismo, me doy cuenta ahora de que lo que hago no puede disgustar a todas las personas; puede desagradar a algunas pero no a todas”(2)

 

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Si te permites sentir te liberas

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En momentos críticos en que el dolor, la impotencia o desolación  visitan nuestra existencia quizá ha pasado por nuestra mente   que no podríamos sobrevivir a este tipo de crisis que la vida pone ante nosotros,  más aún cuando han sido repetitivas    además de  dramáticas  llegamos a pensar que seguramente eran un castigo o pruebas demasiado duras que alguien nos ha enviado para tener un escarmiento, y que seguramente  ya nunca volveremos a ser como antes .  Resulta maravilloso  que  en cada evento traumático nos llenamos de más  fuerza, sobrevivimos y tenemos un músculo más desarrollado para afrontar situaciones todavía más difíciles.

Así también cuando nos sorprende una enfermedad, nos dan diagnósticos, visitamos infinidad de médicos, seguimos tratamientos un pensamiento recurrente es que ha llegado nuestra hora de partir, sin embargo es muy posible poder revertirla y transformarla. Una enfermedad es un área de oportunidad, es nuestro cuerpo el que habla para señalar que se debe cambiar una forma de sentir, una forma de pensar y también de actuar. Si vamos al inicio de algún síntoma o enfermedad podemos detectar que estaba pasando en nuestra vida en ese tiempo: ¿perdimos a un ser querido? ¿nos despidieron del trabajo? ¡Lloramos hasta vaciar?, ¿buscamos consuelo? nos dejamos apoyar?  ¿nos dedicamos a beber? ¿buscamos una aventura pasajera para no pensar ni sentir? ¿de qué manera reaccionamos?, ¿qué emociones se desataron en consecuencia? y ¿cuáles fueron nuestros mecanismos que pusimos a trabajar para enfrentar los acontecimientos que se estaban presentando?

Podemos si queremos mirar atrás, y reevaluar todo el proceso sin juzgarlo, sin poner etiquetas,  sin racionalizar, sin querernos justificar y a partir de ahí observar si nos permitimos elaborar otro guion, esto es cambiar la forma en que interpretamos estos hechos  es  darnos también la  oportunidad para  reaccionar diferente. Quizá de una manera menos exaltada o desproporcionada, quizá si renunciamos a dramatizar,  o a sentirnos víctimas, o a culpar a otros, si pudiésemos cambiar lo que pensamos para no sentir. Si mejor nos centramos en el vaivén de emociones como son la patada en  el estómago, la mandíbula apretada,   el puño cerrado de la ira , el  llanto que dejamos atorado en la garganta. Es aquí donde puedo hacer un alto y hacerme cargo de lo que siento, honrar mis emociones es permitir que afloren, es  experimentarlas en toda su proporción, es darles rienda suelta  aunque sienta que me hago pequeña, o inútil o absurda o quizá indefensa, y precisamente por el juicio que yo misma hago de ellas, prefiero evitarlas, al meterme en ellas hasta los codos y  permitir que se apoderen de mi ser, al  experimentarlas en cada célula de mi ser  me permito emerger, completa, integrado, sana y con mayor capacidad de ser feliz. Te atreves a probar.?……..

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