UN AMOR DE ESTRELLAS

 

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Fue en un pueblo con mar  en una fiesta de aquellas donde se come y se bebe al paso de cada quien,  y donde bailar quizá  es lo mejor. Y fue el azar o el destino quien conspiró a favor de dos almas que ávidas de cariño son tocadas por el amor, un amor bonito como cada uno lo soñó alguna vez.
Casi todos los asistentes a la fiesta cansados y somnolientos se apretujaban a la orilla de la chimenea, con copas de vino en la mano canturreaban, charlaban y la imaginación volaba con las figuras caprichosas que traza la leña al arder.
Nadie tenía ganas de bailar, excepto Carla y Mario que estaban probando calentar sus cuerpos con un poco de danza, una melodía sonaba melancólica y lejana y así enlazados uno con otro, se encontraron de frente y de perfil, la respiración de el en el hombro de ella no tardo en provocar sensaciones hacía mucho tiempo olvidadas, bailaron y bailaron hasta quedar exhaustos de vez en vez tomaban un poco de vino no hubo palabra alguna que mediara entre ellos, la expresividad de sus gestos tuvo su papel estelar, solo a través de sus miradas: algunas intensas, otras lánguidas, alargadas, contraídas, se iban besando la cara, los ojos, el pelo, narrando así de esta manera acerca de sus vacíos, quebrantamientos, de sus amores pasados, de la fe perdida, de la desesperación y el cansancio. Un lenguaje bien descifrado iba guiando este primer encuentro. Cuando la música exhalo su última nota probaron salir al jardín y un fino sendero los llevo a la entrada de un bosque, donde hallaron resguardo bajo un cielo tapizado de estrellas, Mario estrecho el cuerpo de Carla contra en suyo y le beso el cabello, y es cuando abrió los labios para contarle la historia de sus estrellas preferidas: los petibones, las iridionitas, las iliápodas y los restinianos. Carla se dejaba llevar sin oponer resistencia, parecía estar poseída por un raro encantamiento así que en éxtasis entraron en ella las palabras de Mario, el amanecer los sorprendió dormidos al pie de los pinos y cipreses que habían velado su sueño.

 

 

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Pasaron varios días hasta que una tarde el destino trazó una feliz coincidencia ambos llegaron para ver atardecer en un bar que se ubicaba frente a la bahía, desde ahí la vista era primorosa, una que otra pareja por aquí y por allá con bebidas de colores brillantes.
Carla de espaldas miraba cómo las olas se estrellaban en el acantilado, abstraída no se percató de que una mano se acercó con familiaridad a su espalda y la enlazó, se miró en los ojos de Mario y fue tal la conexión que se iluminó entera, así también Mario quien la veía con gran embeleso. Permanecieron mirando, callados y cercanos hasta que anocheció, entonces él la acercó suavemente hacia sí y le beso otra vez los ojos, y le murmuró palabras y la volvió abrazar ahora no solo con la mirada, también entre sus fuertes brazos. .la moneda estaba echada, se supieron que eran el uno para el otro, que nunca más volverían a separar, que se habían buscado por largos caminos, de horas luz surcados de estrellas, -sus estrellas- quienes los habían guiado hasta aquí. Esa noche permanecieron juntos nuevamente, descifrando miradas, instalando silencios, usando todo su mejor repertorio porque no querían despertar del sueño de haberse encontrado.
Llevan juntos tres años, ella se ve imponente y majestuosa, el desenfadado y ligero. Cuanto han crecido, pareciese que estar juntos hubiese borrado de sus rostros tanta tristeza resignada. Juntos han publicado un manual de exploración del universo, incluyendo ahora historias acerca de pretea, lisbelulita, bisheha, y kaviriopón . Siguen yendo a bailar y se van volviendo líderes con sus novedosas tendencias de baile, -ella sonríe y le dice con miradas cuanto lo ama-, -él se sabe amado y es el hombre más feliz-, aquel bosquecillo donde se acunaron por primera vez es uno de sus lugares preferidos donde recostados siguen tejiendo historias alrededor de sus nuevas estrellas.