FIELES A NUESTRO PACTO DE LEALTAD

 

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Elegimos un planeta y un país para nacer y vivir una experiencia humana, así también un tipo de padres  hermanos y amigos,  en  un ambiente específico que nos permitiese  evolucionar. Elegimos ser abundantes o miserables,  solemnes o despreocupados, exitosos o perdedores,  saludables o  enfermizos…Venimos todos con un propósito  de aprender algo, un algo que ponga a prueba nuestra voluntad, nuestros talentos y  que nos haga desarrollar capacidades. Todo esto para  construirnos, a veces para  trascender o para enfrentar problemáticas que nuestros antepasados no han podido superar. Hicimos pactos de lealtad para permanecer el tiempo necesario con cada una de las personas que apoyarían nuestro proyecto,  y,  aunque no somos conscientes de dicho proyecto -a veces nos resulta insoportable nuestra pareja o   nuestros padres, nuestros hermanos, vecinos y todo aquel que se involucre con nosotros. Todos ellos cumplen la función de recordarnos a que hemos venido y están para obligarnos  a conseguir  nuestro propósito de vida.

 

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Hemos caminado a ciegas entre tanta gente, esperando que alguien nos tomase de la mano para llevarnos de vuelta a casa. Hubo quienes caminaron con nosotros algunos metros, otros más kilómetros enteros y hay quienes siguen aquí junto a nosotros sin apartarse. El regreso a casa nos corresponde a cada uno de nosotros, pues sabemos hacia donde está, sabemos cómo orientarnos para llegar, aunque haya habido momentos tan confusos que dejamos la brújula a la persona más próxima a nosotros. Quizá esa persona fue intuitiva y nos  condujo bien o quizá estaban fuera de su centro que nos perdimos todavía más. Hubo recorridos divertidos, hubo otros con grandes penalidades y quizá hubo otros en que el arduo trabajo consumió nuestras energías que nos separamos del grupo, tomamos un atajo, nos regresamos, caímos, perdimos de vista a quienes venían con nosotros. También hubo momentos que tuvimos que detener nuestro avance para levantar a aquel que se había rendido, caminar más despacio o ir más rápido según las circunstancias.


Todos vinculados, entretejidos, conectados aun en la distancia, nuestras vibraciones cruzan distancias descomunales, el vecino de al lado no piensa diferente de mí, o aquel de enfrente que sufre igual que yo los mismos temores. No es casualidad que la mayoría de personas que habitamos  un edificio no tengamos pareja, tampoco lo es que haga amistad con personas que comparten con nosotros enfermedades, traumas, dificultades así también costumbres y  creencias. Nada es casual y cada persona que llega  es para mostrarme  algo y a su vez  me toca a mí enseñar otro tanto,  aunque solo sea un encuentro fugaz.

Cuando  nos permitimos fluir con la vida, todo se acomoda por sí solo, pero cuando nos resistimos –qué pesada se vuelve nuestra existencia- empezamos a cargar muchos problemas que no nos incumben, nos ponemos dificultades y agobios de nuestra pareja, de los hijos, de los compañeros de trabajo y también de nuestros amigos. Nos sentimos loa salvadores del mundo, los revolucionarios y la única revolución está en nuestra cabeza. Ir en contra de la vida es olvidar que esta nos fue dada para hacernos dignos de ella.

Fluir es confiar, es soltar, es reconocer que nuestro universo tiene un orden perfecto, que hay una inteligencia superior que nos guía, que va colocando las piezas necesarias para ir armando nuestro proyecto y que cada persona que aparece en nuestra vida tiene un propósito.

Cuando juzgo a los demás, cuando veo solo lo inaceptable, cuando me rebelo contra el estado de cosas que hay en el mundo, este mundo se convierte en mi referente y ahí es donde vibro, mi vibración es muy baja porque hay enojo, hay desconfianza, hay miedo veo entonces injusticia, pobreza, abuso de poder, desdicha, ignorancia, en fin solo dis-funcionalidad. Y si  centro mi atención en lo hermoso, en todos los regalos que recibo del universo, cuando agradezco, cuando vibro en el amor, mi vibración se eleva y con ella todo es posible me hago entonces  cómplice del plan infinito.

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